EL SINDICALISMO BANCARIO, OBJETIVO DE REPRESIÓN

ubertone
Desde Madrid Ubertone reveló las responsabilidades de militares, policías y exmagistrados

Otro duro relato del terrorismo de Estado.

Carlos Daniel Nicolás Ubertone vivía en el Barrio Empleados de Comercio en Godoy Cruz junto con su madre y su hermana. A sus 24 años trabajaba en la sucursal Centro del Banco de Mendoza, estudiaba Diseño, militaba en la Juventud Peronista y en el sindicato La Bancaria.

El 31 de julio de 1976 a las 6.15 se dirigió a la parada de colectivos, como todos los días, para trasladarse hacia su trabajo, cuando un grupo de hombres en un Citroën celeste lo abordó en la vía pública. Ubertone recordó que se identificaron como agentes de la Policía de Mendoza pero tenían gorros de lana, barba y pelo largo. A esa hora de la madrugada, la calle estaba vacía. Fue encapuchado, esposado y colocado en el asiento trasero del automóvil. Uno de los agentes que estaba sentado junto a él lo golpeó y forzó a mantenerse con la cabeza gacha.

“Por lo que inferí, íbamos con destino a la calle Belgrano, a la sede de la Policía”, relató ante el tribunal que juzga los delitos de lesa humanidad cometidos en Mendoza en el marco de la última dictadura militar. De aquel viaje le quedó el recuerdo de los golpes, los insultos y la violencia del policía Marcelo Rolando Moroy, hoy imputado por privación abusiva de la libertad agravada, tormentos agravados y asociación ilícita.

Ubertone permaneció en el D2 hasta el 12 de octubre. De ese centro clandestino de detención que funcionaba en el Palacio Policial recordó que apenas llegó lo llevaron a la sala de torturas, donde lo hicieron desnudarse a caño de pistola y lo interrogaron con golpes, picana y la constante amenaza de llevar a su madre y a su hermana para torturarlas y violarlas. En ese interrogatorio le preguntaron por el paradero del sindicalista bancario Osvaldo Savino Rosales.

El testigo rememoró que por momentos detenían la tortura y era auscultado por un médico, lo que le infundió más terror, porque en aquel momento pensó: “Me están auscultando para ver hasta dónde aguanto”. Luego de unas horas lo llevaron por diferentes espacios, incluso uno que por los sonidos parecía ser una oficina, hasta dejarlo en una de las pequeñas celdas del D2. A la hora fue sacado de nuevo y llevado a la sala de torturas donde interrogaban a Alberto Córdoba, también sobre el paradero de Rosales.

Encapuchado y con las manos atadas, en la fría celda comenzó a escuchar voces y reconoció a su amigo David Blanco, quien le dijo dónde se encontraban y que él llevaba allí mucho tiempo. También encontró otros compañeros como al mencionado Córdoba, y otros como Eduardo Morales y Alicia Morales, a quienes conocía de antes, y a Héctor García, Antonio Savonne, María Luisa Sánchez, a un muchacho chileno de apellido López, y a otra mujer que era Marcetti, a quienes conoció en el CCD.

Al ser consultado por el fiscal Dante Vega, representante del Ministerio Público Fiscal, Ubertone recordó que “el trato siempre era muy violento y muy autoritario, sobre todo de parte de Moroy, que era el jefe de la patota, y otro personaje nefasto de ese sitio al que nosotros denominábamos ‘Mechón Blanco’. Las mujeres fueron repetidamente violadas y maltratadas, y con Rosa Gómez había un ensañamiento especial de ‘Mechón Blanco’, que todos los días la llevaba al baño y la violaba”. El testigo explicó que de los hechos más relevantes que vivió en el D2 nunca pudo olvidar cuando escuchó al policía Moroy decir: “A mí me pagan por ser hijo de puta y yo cumplo con mi deber”.

Luego de 74 días de cautiverio fue trasladado, junto a Eduardo Morales, a la Unidad Regional 1 (URI) de la calle Mitre. “El D2 era como un espacio negro, un lugar en lo que todo lo que sucedía no sucedió, todo lo que sucedió no trascendió y si no trasciende no existe. Era una caja negra dentro de otra caja, que era la Policía”, reflexionó Ubertone.

En la URI el trato que recibó fue totalmente diferente, “profesional”. Permaneció allí hasta el 15 de diciembre, cuando fue nuevamente trasladado, también con Morales, pero esta vez a la Comisaría 9.ª de Guaymallén. En esa dependencia el trato también estaba alejado de la violencia vivida en el D2 y además tuvo la oportunidad de recibir la visita de su madre. En enero del 77 los trasladaron a la Penitenciaría de Mendoza, junto a muchos otros que habían estado en el D2.

En septiembre de 1977 fue trasladado a la Cárcel de Sierra Chica, donde permaneció hasta diciembre de 1978, cuando fue llevado a la U9 de La Plata. En marzo de 1979 lo transfirieron a la Cárcel de Caseros y en septiembre de 1982 lo enviaron a Rawson, donde obtuvo la libertad el 2 de diciembre de 1983.

 

El papel de la justicia

Daniel Ubertone tuvo una causa por Consejo de Guerra y otra en la Justicia Federal. “El Consejo de Guerra era el circo que montaba el Ejército en cada Brigada con un tribunal ad hoc, con todos nosotros sentados ahí y con muchísimas armas para mostrar el grado de implicación que teníamos con lo que ellos querían demostrar que habíamos hecho” relató el testigo.

En la causa judicial que implicaba a Ubertone con la ley 20840 actuaban el fiscal Otilio Roque Romano y el juez Guzzo, que fue quien lo interrogó en una audiencia a la que lo trasladaron vendado hasta el ingreso a los Juzgados Federales que funcionaban en Avenida Las Heras y calle 9 de Julio de Ciudad.

El abogado Petra Recabarren intervenía como defensor oficial. “Yo le comento todo lo que me había sucedido al señor juez, las torturas, y Petra se interesaba por saber qué tipo de tortura había tenido, pero nos llevaron de vuelta a la cárcel y no sabíamos qué pasaba con la causa judicial”, dijo. Cuando estuvo detenido en Sierra Chica le informaron que había sido sobreseído de la causa que se tramitaba en la Justicia Federal y pasó a estar a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN), pero se le inició una nueva causa que lo condenó a 5 años de prisión. “Con la Justicia Federal no tuve ningún tipo de noticia, ningún tipo de trato, ninguna visita a las cárceles. De esa parte no supe nunca nada”, refirió Ubertone.

 

La violencia machista

Ubertone explicó que “en esa época se trataba de impedir que la gente que pensaba distinto, que quería cambiar el mundo por uno mejor y más justo, siguiera pensando y que terminara con su militancia”. Los cambios que buscaban los jóvenes como él eran el disparador de un sistema que buscó destruirlos.

En el caso de las mujeres, Ubertone narró que “la violencia sexual que se ejercía sobre ellas era tremenda. Eran tratadas de una manera que evidenciaba un odio machista por parte de los torturadores y violadores, al ver que estas mujeres jóvenes pensaban distinto y actuaban de forma distinta. Ellos las preferían lavando los platos a que militaran en política, y encontrarse con mujeres que protestaran por un status quo que era injusto era una cosa que no venía con ellos”. Por los relatos que escuchó tanto en el D2 como luego, estando en libertad, supo que la mayoría de las mujeres eran violadas sistemáticamente: “Ya no para era obtener información, sino para hacerles saber de ese odio del macho poderoso que podía disponer de ellas como quisiera”, opinó.

 

Nota escrita para Edición UNCUYO, la publicación digital de la Universidad Nacional de Cuyo www.unidiversidad.com

 

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