EL RELATO DEL HIJO

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Ernesto Espeche brindó un sentido testimonio de reconstrucción y lucha. Foto: Gentileza http://juiciosmendoza.wordpress.com/

 

Ernesto Espeche dio un sentido testimonio sobre la intrincada reconstrucción de la vida y militancia de sus padres y de la búsqueda de verdad, justicia y memoria para esclarecer los delitos cometidos durante el último golpe militar.

En la audiencia del lunes 8 de junio realizada en el marco del VI Juicio por delitos de lesa humanidad cometidos en Mendoza se escuchó el testimonio de Carlos Ernesto Espeche, hijo de Carlos Espeche y Mercedes “Mechi” Vega, quienes fueron secuestrados y desaparecidos por las fuerzas de seguridad que actuaban en el marco de terrorismo estatal desplegado durante la última dictadura militar.

Carlos Ernesto Espeche es profesor en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNCUYO y director de Radio Nacional Mendoza. Es, además, un reconocido militante por los derechos humanos, con una larga lucha por la memoria, la verdad y la justicia en la agrupación Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (HIJOS).

Espeche tenía dos años cuando, junto con su mamá y su hermano menor, se fueron a vivir a lo de su abuela materna. “A partir del año 75 mi papá tenía información de que era una persona que estaba siendo buscada. Mi mamá y mi papá acordaron la separación de hecho para protegerse mutuamente”, explicó el testigo, y, en marzo de 1976, Carlos Espeche comienza su “itinerario de clandestinidad” que lo lleva a Tucumán. El último contacto que tuvieron con él fue el 3 de marzo, cuando “mi papá llama por teléfono para saludar a mi hermano en su primer cumpleaños y prometerle que era el último cumpleaños que iba a estar lejos de su familia”.

El 4 de abril de 1976 Carlos Espeche es asesinado en la bajada de Simón de las Mesadas, en las cercanías del pueblo de Santa Lucía, provincia de Tucumán. En aquella zona del monte tucumano el PRT había instalado un campamento en el que varios militantes participan en actividades sociales. “Mi mamá recibe la información el 7 de abril de que mi papá había sido ‘muerto en enfrentamiento’. La Gaceta de Tucumán lo publicó el 6 de abril y los medios locales el 7, donde se da cuenta de que dos ‘subversivos’ habían sido muertos y uno había escapado”, relató Ernesto Espeche, haciendo especial hincapié en las comillas.

La reconstrucción de los últimos días de vida de su padre ha sido posible gracias al descubrimiento por parte del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) de sus restos en el Pozo de Vargas, una fosa común en las cercanías de San Miguel de Tucumán. “Silvia Gallego, con quien puedo establecer contacto, es quien me cuenta esta historia. Ella es quien pudo escaparse con 15 balazos en una pierna. Estuvo tres días en el monte y luego fue rescatada por los campesinos de la zona para luego salir al exilio”.

Desde el momento en que Mercedes Vega se entera del asesinato de su compañero comienza una búsqueda basada en “una versión, no sé sabe bien de dónde, de que lo trajeron a mi papá herido a Mendoza. Mi papá nunca llegó a Mendoza pero mi mamá salió a buscarlo. Entiendo que fue una forma de exponerla”, reflexionó Espeche.

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Espeche siguió su minucioso relato. “A mí me cuentan lo que pasó el 7 de junio del 76 cuando vuelve la democracia. En el fondo yo sabía que algo no estaba dicho y que no se podía hablar de eso, que algo hacía que mi abuela se encerrara en el baño todos los días a llorar”, aseveró. Por los relatos que pudo recabar de su tío y su abuela, un grupo de tareas ingresó en el domicilio y secuestró a Mercedes Vega. Nunca más se supo de ella, ningún sobreviviente ha podido aportar datos de su paso por alguno de los centros clandestinos de detención que funcionaban en aquellos oscuros años de la Argentina. En el mismo operativo fue secuestrada en su domicilio María Cristina Lillo, médica y compañera de militancia de “Mechi” Vega en el Barrio San Martín.

El Padre “Macuca” Llorens coordinaba una organización vecinal en esa barriada en la que participaban militantes de organizaciones sociales y políticas con el objetivo de trabajar con los vecinos del barrio. “El hecho de que mi hermano y yo hubiésemos sido bautizados por el mismo ‘Macuca’ en la iglesia de los pobres da cuenta de la relación cercana de mi mamá y mi papá con Llorens”.

 

Las heridas de la niñez

La infancia de los hermanos Espeche estuvo marcada por los graves hechos vividos durante 1976. En su testimonio hizo hincapié en los relatos familiares que pudo captar para ir construyendo su propia historia. Sobre la noche del secuestro de su madre, Ernesto Espeche aludió que él y su hermano estaban en la pieza durmiendo. “Yo imaginé por años, y el relato así lo indicaba, que nosotros no vimos nada ni percibimos nada. Con el tiempo, el relato familiar fue haciéndose más duro y más tangible, y supe que yo estaba sentado en la cama viendo eso. Lo más duro para mí es que yo veo cómo se llevan a mi mamá. Un niño de dos años ve cómo se llevan a su madre y al otro día no pregunta más por su mamá y al otro día tampoco, nunca más pregunta por su mamá”, dijo y dejó al auditorio con la piel de gallina.

La familia Vega vivió años de mucho miedo y silencios, “se generó en la familia materna una sensación de que en cualquier momento me podía pasar lo mismo a mí y a mi hermano, sólo por ser hijos de mi mamá y mi papá, y que la política era peligrosa, que no había que hacer política porque llevaba a la tragedia. Esa fue una de las consecuencias más terribles que ha dejado la dictadura”, opinó Espeche. En cambio, los hermanos de su padre hablaban de política “abiertamente” y relataban anécdotas de discusiones políticas en las que había participado su papá.

A partir de aquel momento, su niñez transcurrió junto a su abuela y a su tío, quienes se hicieron cargo de su crianza y de la búsqueda de Mercedes. “Cuando llegábamos con mi hermano las conversaciones se interrumpían, o empezaban a hablar en códigos de adultos que no lográbamos entender, pero yo sí lograba a entender que hablaban de un viaje a Buenos Aires, de una visita para ver un cura, de una justicia que no llegaba, de trámites infructuosos. Todo eso yo lo percibía y lo sentía”, relató. Aún así, siempre estaba la esperanza de que su mamá apareciera.

Durante su paso por el secundario evocó las oportunidades en las que se trataba el tema de la dictadura militar y muchos lo miraban a él con una complicidad social que todavía no se animaba a hablar del tema. “Era saber que durante muchos años esto era una excepcionalidad histórica que me había pasado a mí y a mi hermano”, enfatizó.

La familia materna estableció lazos con instituciones como la Iglesia o la Justicia, pero “luego se fueron diluyendo por su propio peso. Yo recuerdo a mi abuela hablar de la justicia, y decirme que esa justicia no existía” mencionó el testigo.

“¿Cómo se estructura una identidad sin ninguno de los dos padres, sin la certeza de saber dónde están, en un contexto en donde de esto no se podía hablar y en donde la información era toda disociada, disgregada, contradictoria, dolorosa?”, interpeló Espeche. Al tiempo que en la televisión hablaban de los desaparecidos como “demonios, como gente mala que hacía uso de la violencia”, miles de niños y niñas realizaron un camino de reconstrucción “a pesar de todo eso, de toda esa cultura que yo viví de chico de ‘estamos en democracia pero ojo que esto no es para siempre’, que ‘es peligroso hacer política, y mirá lo que le pasó a tu papá’. Y la verdad que cuando empiezo a reconstruir su vida militante me encuentro con dos personas que entendían a la medicina como una herramienta para afrontar los temas de las desigualdades”, señaló orgulloso.

 

Reconstruyendo a papá y mamá

Fue su tía María Elina, prima de su mamá, quien le contó que sus padres habían sido asesinados por la dictadura militar, que eran médicos y que eran muy buenas personas. “A mí me empieza a cerrar un poquito eso que sentí, ese vacío enorme de saber que algo había pero no se podía nombrar”, pensó en su momento e hizo saber al tribunal. Así supo que sus padres hicieron de la medicina una causa social y política. Trabajaron en varios barrios periféricos en atención primaria y ayudando a la organización barrial. “Trabajaron en el barrio Espejo con los vecinos de Las Heras, tratando de que hubiese agua potable para que no se enfermaran y murieran los vecinos por la contaminación. Lograron la salita y que el centro de salud tuviese médicos y se fueron a vivir allí”. Durante 1974 y 1975 vivieron en el mismo barrio en el que llevaban adelante su militancia, hasta que comenzó la persecución política.

“La reconstrucción de ellos como militantes primero tenía que ver con humanizar y con ponerle nombre a la lucha que ellos hacían para poder, desde allí, acceder a otras informaciones. Ha sido muy duro y es difícil porque ese dolor y esa ausencia nos sigue pasando todos los días. Esa dictadura que termina en el 83 nos sigue golpeando y no va a dejar de hacerlo”, reflexionó Espeche.

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El descubrimiento del EAAF de los restos de Carlos Espeche en Tucumán, junto a los de otras 60 personas, le dio a Ernesto “esa posibilidad maravillosa de encontrarme con él y el deseo de encontrarme con mi mamá en algún momento”. Aun así, esa aparición no le devuelve los 39 años de ausencia en los momentos más importantes de su vida. “La aparición del desaparecido es un acto de justicia, sin embargo no termina de anular la desaparición”, reflexionó el testigo, mientras miraba a los imputados sentados a su derecha. Luego concluyó: “aquellas causas que motivaron a esa generación a seguir luchando y buscando un mundo mejor siguen vivas, siguen latentes y uno las abraza como una manera también de abrazarlos a ellos”.

Nota escrita para Edición UNCUYO, la publicación digital de la Universidad Nacional de Cuyo www.unidiversidad.com

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EL SINDICALISMO BANCARIO, OBJETIVO DE REPRESIÓN

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Desde Madrid Ubertone reveló las responsabilidades de militares, policías y exmagistrados

Otro duro relato del terrorismo de Estado.

Carlos Daniel Nicolás Ubertone vivía en el Barrio Empleados de Comercio en Godoy Cruz junto con su madre y su hermana. A sus 24 años trabajaba en la sucursal Centro del Banco de Mendoza, estudiaba Diseño, militaba en la Juventud Peronista y en el sindicato La Bancaria.

El 31 de julio de 1976 a las 6.15 se dirigió a la parada de colectivos, como todos los días, para trasladarse hacia su trabajo, cuando un grupo de hombres en un Citroën celeste lo abordó en la vía pública. Ubertone recordó que se identificaron como agentes de la Policía de Mendoza pero tenían gorros de lana, barba y pelo largo. A esa hora de la madrugada, la calle estaba vacía. Fue encapuchado, esposado y colocado en el asiento trasero del automóvil. Uno de los agentes que estaba sentado junto a él lo golpeó y forzó a mantenerse con la cabeza gacha.

“Por lo que inferí, íbamos con destino a la calle Belgrano, a la sede de la Policía”, relató ante el tribunal que juzga los delitos de lesa humanidad cometidos en Mendoza en el marco de la última dictadura militar. De aquel viaje le quedó el recuerdo de los golpes, los insultos y la violencia del policía Marcelo Rolando Moroy, hoy imputado por privación abusiva de la libertad agravada, tormentos agravados y asociación ilícita.

Ubertone permaneció en el D2 hasta el 12 de octubre. De ese centro clandestino de detención que funcionaba en el Palacio Policial recordó que apenas llegó lo llevaron a la sala de torturas, donde lo hicieron desnudarse a caño de pistola y lo interrogaron con golpes, picana y la constante amenaza de llevar a su madre y a su hermana para torturarlas y violarlas. En ese interrogatorio le preguntaron por el paradero del sindicalista bancario Osvaldo Savino Rosales.

El testigo rememoró que por momentos detenían la tortura y era auscultado por un médico, lo que le infundió más terror, porque en aquel momento pensó: “Me están auscultando para ver hasta dónde aguanto”. Luego de unas horas lo llevaron por diferentes espacios, incluso uno que por los sonidos parecía ser una oficina, hasta dejarlo en una de las pequeñas celdas del D2. A la hora fue sacado de nuevo y llevado a la sala de torturas donde interrogaban a Alberto Córdoba, también sobre el paradero de Rosales.

Encapuchado y con las manos atadas, en la fría celda comenzó a escuchar voces y reconoció a su amigo David Blanco, quien le dijo dónde se encontraban y que él llevaba allí mucho tiempo. También encontró otros compañeros como al mencionado Córdoba, y otros como Eduardo Morales y Alicia Morales, a quienes conocía de antes, y a Héctor García, Antonio Savonne, María Luisa Sánchez, a un muchacho chileno de apellido López, y a otra mujer que era Marcetti, a quienes conoció en el CCD.

Al ser consultado por el fiscal Dante Vega, representante del Ministerio Público Fiscal, Ubertone recordó que “el trato siempre era muy violento y muy autoritario, sobre todo de parte de Moroy, que era el jefe de la patota, y otro personaje nefasto de ese sitio al que nosotros denominábamos ‘Mechón Blanco’. Las mujeres fueron repetidamente violadas y maltratadas, y con Rosa Gómez había un ensañamiento especial de ‘Mechón Blanco’, que todos los días la llevaba al baño y la violaba”. El testigo explicó que de los hechos más relevantes que vivió en el D2 nunca pudo olvidar cuando escuchó al policía Moroy decir: “A mí me pagan por ser hijo de puta y yo cumplo con mi deber”.

Luego de 74 días de cautiverio fue trasladado, junto a Eduardo Morales, a la Unidad Regional 1 (URI) de la calle Mitre. “El D2 era como un espacio negro, un lugar en lo que todo lo que sucedía no sucedió, todo lo que sucedió no trascendió y si no trasciende no existe. Era una caja negra dentro de otra caja, que era la Policía”, reflexionó Ubertone.

En la URI el trato que recibó fue totalmente diferente, “profesional”. Permaneció allí hasta el 15 de diciembre, cuando fue nuevamente trasladado, también con Morales, pero esta vez a la Comisaría 9.ª de Guaymallén. En esa dependencia el trato también estaba alejado de la violencia vivida en el D2 y además tuvo la oportunidad de recibir la visita de su madre. En enero del 77 los trasladaron a la Penitenciaría de Mendoza, junto a muchos otros que habían estado en el D2.

En septiembre de 1977 fue trasladado a la Cárcel de Sierra Chica, donde permaneció hasta diciembre de 1978, cuando fue llevado a la U9 de La Plata. En marzo de 1979 lo transfirieron a la Cárcel de Caseros y en septiembre de 1982 lo enviaron a Rawson, donde obtuvo la libertad el 2 de diciembre de 1983.

 

El papel de la justicia

Daniel Ubertone tuvo una causa por Consejo de Guerra y otra en la Justicia Federal. “El Consejo de Guerra era el circo que montaba el Ejército en cada Brigada con un tribunal ad hoc, con todos nosotros sentados ahí y con muchísimas armas para mostrar el grado de implicación que teníamos con lo que ellos querían demostrar que habíamos hecho” relató el testigo.

En la causa judicial que implicaba a Ubertone con la ley 20840 actuaban el fiscal Otilio Roque Romano y el juez Guzzo, que fue quien lo interrogó en una audiencia a la que lo trasladaron vendado hasta el ingreso a los Juzgados Federales que funcionaban en Avenida Las Heras y calle 9 de Julio de Ciudad.

El abogado Petra Recabarren intervenía como defensor oficial. “Yo le comento todo lo que me había sucedido al señor juez, las torturas, y Petra se interesaba por saber qué tipo de tortura había tenido, pero nos llevaron de vuelta a la cárcel y no sabíamos qué pasaba con la causa judicial”, dijo. Cuando estuvo detenido en Sierra Chica le informaron que había sido sobreseído de la causa que se tramitaba en la Justicia Federal y pasó a estar a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN), pero se le inició una nueva causa que lo condenó a 5 años de prisión. “Con la Justicia Federal no tuve ningún tipo de noticia, ningún tipo de trato, ninguna visita a las cárceles. De esa parte no supe nunca nada”, refirió Ubertone.

 

La violencia machista

Ubertone explicó que “en esa época se trataba de impedir que la gente que pensaba distinto, que quería cambiar el mundo por uno mejor y más justo, siguiera pensando y que terminara con su militancia”. Los cambios que buscaban los jóvenes como él eran el disparador de un sistema que buscó destruirlos.

En el caso de las mujeres, Ubertone narró que “la violencia sexual que se ejercía sobre ellas era tremenda. Eran tratadas de una manera que evidenciaba un odio machista por parte de los torturadores y violadores, al ver que estas mujeres jóvenes pensaban distinto y actuaban de forma distinta. Ellos las preferían lavando los platos a que militaran en política, y encontrarse con mujeres que protestaran por un status quo que era injusto era una cosa que no venía con ellos”. Por los relatos que escuchó tanto en el D2 como luego, estando en libertad, supo que la mayoría de las mujeres eran violadas sistemáticamente: “Ya no para era obtener información, sino para hacerles saber de ese odio del macho poderoso que podía disponer de ellas como quisiera”, opinó.

 

Nota escrita para Edición UNCUYO, la publicación digital de la Universidad Nacional de Cuyo www.unidiversidad.com

 

LA PAREJA DE BAHÍA BLANCA

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El matrimonio Leceta-Salvucci en una de las audiencias del IV Juicio, realizado en Mendoza, por delitos de lesa humanidad cometidos durante la dictadura

En la última audiencia del IV Juicio por delitos de lesa humanidad atestiguaron Olga Salvucci y su esposo Horacio Leceta, víctimas de las fuerzas de seguridad que operaban en Mendoza durante el terrorismo de Estado.

Olga Salvucci había llegado a la provincia de Mendoza unos seis meses antes del 29 de julio de 1976, día en el que fue secuestrada por efectivos del Ejército Argentino. Luego de casarse con Horacio Antonio Leceta, ambos se instalaron en la ciudad de Mendoza. Al joven geólogo lo habían transferido a la provincia cuyana para ser parte de un equipo de exploración que llevaba adelante la empresa estatal Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) en el departamento de Malargüe. Antes de trasladarse, habían establecido amistad con otro geólogo de YPF, Horacio Oscar Nacuccio, quien también se mudó a Mendoza junto con su esposa.

Salvucci y Leceta se habían conocido en la Universidad Nacional del Sur, en la ciudad de Bahía Blanca, Buenos Aires, donde cursaban sus estudios. “Yo tenía militancia estudiantil. Era presidente del Centro de Estudiantes de Bioquímica, donde cursaba mi carrera, y también era presidente del COMACHI, que era una asociación de ayuda a Chile”, explicó Salvucci en la audiencia del martes 19 de mayo de 2015.

Unos días antes de la detención de Olga Salvucci, la Marina había realizado un allanamiento en su casa paterna en Bahía Blanca, donde ella había vivido hasta su traslado a Mendoza. Cuando le avisaron que la estaban buscando, y como su marido se encontraba en Malargüe, ella decidió irse a la casa de Horacio Nacucchio, amigo del matrimonio. Cuando llegó al domicilio descubrió que había sido allanado la noche anterior, por lo que la puerta estaba destruida y había una especie de faja que decía “Clausurado por el Ejército”.

Al ver a la mujer acercarse la vivienda, una persona que realizaba una guardia en el lugar le pidió sus pertenencias y la detuvo. Esa mañana fue llevada a la Comisaría 4ta., donde permaneció un día entero en una celda. A primera hora del día siguiente fue vendada, esposada y trasladada en una camioneta del Ejército al Casino de Suboficiales. En ese viaje vio a Nacucchio, quien había sido detenido antes que ella y quien, luego de estar en algunos centros de detención, fue llevado a Campo de Mayo, en Buenos Aires.

Mientras, Horacio Laceta se encontraba en el pozo de exploración cuando le informaron telefónicamente que su mujer había sido “detenida”, por lo que la empresa dispuso de una camioneta con chofer para que pudiera trasladarse a la capital de la provincia. “Cuando llegué a la casa de Nacucchio me gritaron desde una estación de servicio que se encontraba en la vereda de enfrente, donde había un grupo de policías”, recordó el testigo. Se acercó a los oficiales, lo hicieron tirarse al piso, lo golpearon, le gritaron y, luego de amedrentarlo por unos minutos, le indicaron que su esposa estaba bajo la custodia del Ejército Argentino. “Ahí comenzó todo un periplo para tratar de averiguar dónde estaba mi señora, por qué estaba presa y demás”, recordó. Laceta pidió asesoramiento legal al doctor De la Vega, abogado del Partido Comunista en el cual el matrimonio militaba, quien le aconsejó que presentaran un recurso de habeas corpus en la Justicia federal, “del cual no recibí ninguna respuesta”.

 

El Centro Clandestino de Mujeres

Desde 1975 y durante todo el último gobierno militar, además del conocido Centro Clandestino de Detención D2 y de la Penitenciaría de Mendoza, varias dependencias policiales y militares fueron utilizadas para albergar personas secuestradas. En el transcurso del presente juicio por delitos de lesa humanidad cometidos desde ese año y hasta el retorno del gobierno democrático, se han nombrado además de la Comisaría 7ma. de Godoy Cruz, la 10ma. de Maipú, Contraventores (que funcionaba en el Palacio Policial), Campo Las Lajas (dependiente de la Fuerza Aérea), el Liceo Militar General Espejo, la Compañía 8va. de Comunicaciones y el Casino de Suboficiales, entre otros. Este último se utilizó en varias ocasiones para albergar diferentes grupos de mujeres secuestradas por las fuerzas de seguridad operativas en el marco del terrorismo estatal.

Olga Salvucci describió que el Casino de Suboficiales habían dos o tres habitaciones donde había otras detenidas: “Todas estábamos sin vendas, nos movíamos libremente en esas habitaciones, siempre custodiadas por un guardia”. Allí estuvo junto a Cora Cejas, Liliana Buttini, “Estela Isaguirre, que fue una de las que más torturaron, al igual que a Vilma Rúpolo”, recordó la testigo.

Durante la noche, algunas detenidas eran vendadas y sacadas en una camioneta en la que daban vueltas durante un tiempo variable. Luego las llevaban a los interrogatorios, en los que “nos ponían en una cama, nos ataban de pies y de manos, totalmente desnudas, y nos sometían a picana por todo el cuerpo”. Salvucci especificó que fue puesta en esta situación al menos cinco veces durante su cautiverio en la dependencia militar.

Lacetta explicó que el único contacto que tenía con su esposa era a través de cartas. Así fue como tomó conocimiento de que Salvucci estaba siendo torturada. El geólogo explicó que en una de las misivas ella le hizo mención a que “estaba en las mismas condiciones que la tía Tita de Córdoba”. Se trata de un familiar que era militante y que luego de ser secuestrada y torturada duramente en Córdoba “había quedado muy mal físicamente”.

Al enterarse de las condiciones de detención de su compañera, Lacetta presentó una denuncia por apremios ilegales y torturas en el Comando del Ejército. Por algunos contactos que tenía, logró que su nota llegara al despacho del Coronel del Ejécito Tamer Yapur, pero la única respuesta que recibió fue a través del hermano de la docente y sindicalista Nora Cejas, que se encontraba detenida junto a su esposa. El joven, con el que se encontraba cuando iba al Casino de Suboficiales a llevar ropa, comida y algunas cartas a las detenidas, le trasmitió el mensaje: “Me dijo que retires la denuncia o te van a matar. Eso le dijeron los que torturaban”.

Además de que la sacaban para los interrogatorios, Olga Salvucci atestiguó que en una ocasión fue retirada del Casino de Suboficiales y llevada al domicilio que compartía con su marido para realizar un allanamiento. Relató que fue trasladada por un grupo de personal del Ejército, vendada y atada. Cuando ingresaron al domicilio le quitaron la venda y pudo ver cómo se llevaban algunos libros de contenido político.

“Yo no quise volver a mi casa porque tenía temor. Durante los meses que mi mujer estuvo detenida estuve deambulando por otras casas”, relató Leceta. En la única oportunidad que fue en busca de ropa y otros elementos, la propiedad ya había sido allanada, por lo que decidió que no era seguro quedarse a vivir allí.

Luego de permanecer dos meses en el Casino de Suboficiales, Salvucci fue trasladada a la Penitenciaría de Mendoza, en la calle Boulogne Sur Mer, junto a las otras detenidas, pero permaneció incomunicada. A principios de diciembre de 1976 la trasladaron al Penal de Villa Devoto, donde recuperó su libertad el 14 de mayo de 1977. A su ingreso a esa cárcel bonaerense, le informaron que había quedado a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y recuperó la comunicación con su familia.

 

En la recta final

La etapa de testimonios presentados por el Ministerio Público y la parte querellante en el IV Juicio por delitos de lesa humanidad que se desarrolla en la ciudad de Mendoza está llegando a su fin, por lo que el juez Alejandro Piña, presidente del Tribunal Federal Oral N.°1, solicitó a las partes defensoras que aporten los datos de contacto de las personas que presentarán sus testimonios a favor de los imputados. Las audiencias continuarán hoy y mañana.

 

Nota escrita para Edición UNCUYO, la publicación digital de la Universidad Nacional de Cuyo www.unidiversidad.com

LOS CHICOS DE PODER OBRERO

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Juan Carlos Yanzón complicó la situación del exmagistrado Miret

En el IV Juicio por delitos de lesa humanidad cometidos en Mendoza se destapó un gran operativo contra militantes de esa agrupación. Los exmagistrados Miret y Romano quedaron nueva y seriamente comprometidos por los testimonios.

La Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) fue el resultado de la fusión de varias agrupaciones de la izquierda socialista que tuvo presencia en diversos puntos del país. Fue el fruto, a su vez, de la confluencia de una serie de organizaciones forjadas al calor del Cordobazo y los primeros años de la década del 70. Aunque esa denominación fue acuñada recién en septiembre de 1975, el grupo fundacional funcionó al menos desde fines de 1973. Para 1976, según el docente e investigador de la UBA Federico Cormick, Poder Obrero era, probablemente, la tercera organización político-militar más importante surgida del campo obrero y popular.

En Mendoza, un grupo de militantes de esta organización fue secuestrado por las fuerzas de seguridad durante el terrorismo de Estado. En las audiencias del IV Juicio por delitos de lesa humanidad, que se desarrolla en los Tribunales Federales de esta provincia, se escucharon los testimonios de Hugo René Tomini, Prudencio Oscar Mochi y Juan Carlos Yanzón, miembros de Poder Obrero, sobre un importante operativo realizado a fines de octubre de 1975.

Yanzón había llegado a la ciudad unos cinco o seis meses antes en busca de trabajo. Su padre, Armando Blas Yanzón, había instalado una distribuidora de elementos de limpieza que entregaba don Cisterna, un conocido que trabajaba como fletero. Esa noche de octubre de 1975, Yanzón se encontraba en su casa, ubicada en la calle Malvinas Argentinas del departamento de Guaymallén, junto a su padre, su primo Ismael Calvo y don Cisterna, cuando de pronto un grupo de policías vestidos de civil ingresó y los detuvo.

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“Lo mío no fue una detención. Fue un secuestro”, recordó Mochi, otra de las víctimas incluidas en la causa. Mochi, que compartía la casa con Yanzón, llegó al lugar cuando un grupo de personas que se encontraba apostado en la plaza frente al domicilio comenzó a descargar una “tupida balacera” en su contra. Al intentar escapar fue herido en su pierna izquierda, por lo que cayó a los pocos metros. Sus captores lo rodearon y le dieron un culatazo que lo dejó inconsciente. Ese golpe, años más tarde, tendría secuelas neurológicas con crisis epilépticas postraumáticas. Mochi despertó en una celda del D2 con las manos atadas, encapuchado y tirado en el piso.

Tomini, en tanto, presentó su testimonio desde México y relató que también estaba llegando a la casa de la calle Malvinas Argentinas cuando fue detenido. Aunque los oficiales le dijeron que sólo era por averiguación de antecedentes, le ataron las manos, le pusieron una capucha y lo golpearon salvajemente. Fue trasladado al D2 en el baúl de un auto.

 

Las historias del D2

En el edificio del Palacio Policial funcionó el Departamento 2 de Investigaciones que dependía de la Policía de Mendoza. Conocido como el D2, las celdas de este centro clandestino de detención fueron diseñadas para que quienes estuviesen dentro no pudieran moverse, ni acostarse, ni ver hacia el exterior. Son pequeños habitáculos de un metro por un metro y medio, y sólo en la celda ubicada frente al ingreso se puede percibir el paso del tiempo por un tragaluz que se encuentra en el alto techo del lado del pasillo. Todas tienen puertas de acero con una pequeña mirilla corrediza.

En su paso por el D2,  Mochi comió del piso, sufrió torturas, gritos, insultos, simulacros de fusilamiento, golpes. También escuchó cómo sus compañeros eran torturados y los “gritos de las mujeres violadas”. La herida de bala de su pierna izquierda no sólo no recibió atención médica sino que fue objeto de tortura, llegando al punto de que había comenzado a gangrenarse. Mochi afirmó: “El trato en el D2 fue de un tormento continuo”.

Yanzón, por su parte, declaró que, estando en la celda, pudo percibir los sonidos de alrededor, “porque uno afina el oído en la soledad. Así me di cuenta de que todas las compañeras fueron violadas; no sólo Luz Faingold, sino también Susana Liggera y Raquel Miranda”. Tomini, en tanto, manifestó que durante los primeros dos o tres días no fue torturado, pero que luego fue llevado vendado, con las manos atadas y desnudo a una sala donde recibió una fuerte golpiza que le dejó unas costillas quebradas. Luego de la sesión de golpes lo torturaron con picana. Al día siguiente escuchó que los policías iban diciendo en las otras celdas: “¡Póngase de pie, que ahí viene el señor juez!”.

“Por supuesto, yo pensaba que era una broma, que era un comisario y que eso formaba parte de una especie de teatro que hacían ellos”, explicó. Cuando se abrió la puerta de la celda donde había sido depositado, había un hombre vestido de traje que le preguntó cómo estaba. Tomini le respondió que estaba muy dolorido. El hombre le retrucó: “Hay que aguantar”. “En ese momento pensé: ‘Si este es el juez, yo soy Pinocho’. Grande fue mi sorpresa cuando dos o tres días después nos llevaron al Juzgado y el juez (que había visto en el D2) era el señor (Francisco) Miret”.

 

El tiempo de declarar

Los detenidos del grupo de Poder Obrero fueron trasladados a Juzgados Federales que funcionaban en la parte superior del edificio de la esquina de Las Heras y 9 de Julio de la ciudad de Mendoza. Todos se encontraban en una situación física deplorable, con evidentes marcas de tortura y abandono. Habían estado unos seis días secuestrados en el D2.

“Fuimos llevados con el señor Miret. Estaban el señor Romano y el secretario del juzgado. Cuando llegué frente a Miret todavía estaba con el pantalón ensangrentado”, aseveró Mochi. En aquella situación, Mochi expresó que sólo quería declarar sobre su secuestro y las torturas recibidas, a lo que el exmagistrado le contestó, increpándolo, que tenía que hablar de todo o no hablar de nada y que no había sido secuestrado porque había una orden de captura emitida por su juzgado. “Ya en aquellos años esto me hizo pensar mucho. Ya sea que se tratara de la legalización de un secuestro o si era directamente una orden de secuestro, mostraba la complicidad cívico-militar de aquellos años de terrorismo de Estado”, reflexionó ante el tribunal.

Yanzón también confirmó la presencia de Miret en el D2. Le habían sacado la venda, por lo que pudo verlo frente a su celda y también lo reconoció dos días después cuando fue llevado a Juzgados Federales a presentar declaración. También escuchó la frase: “Hay que aguantar” que recibió Tomini como respuesta cuando conversaron en el D2.

 

De la Penitenciaría de Mendoza y otras cárceles

Oscar Mochi fue trasladado a la Cárcel de Mendoza, donde fue internado en la enfermería por su herida de bala. “Estaba totalmente destrozado a nivel físico. Por los golpes y todo estaba muy mal, con fiebre” recordó. Entre la Unidad 9 de La Plata y la Cárcel de Caseros, permaneció preso cuatro años y ocho meses.

Yanzón y Calvo también fueron llevados a la Penitenciaría y fue el penitenciario Bonafede el encargado de darles la paliza de recibimiento. En esa “bienvenida”, su primo Ismael Calvo resultó con dos costillas quebradas. Los policías penitenciarios Oscar Alberto Bianchi y Pedro Modesto Linares, imputados en el actual proceso judicial, fueron reconocidos por el testigo como responsables del pabellón de presos políticos.

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El 27 de septiembre de 1976 Yanzón fue trasladado a La Plata en el ya célebre viaje en el avión Hércules, en el que fue transportada una gran cantidad de presos políticos. Durante el trayecto fueron víctimas de terribles golpizas y torturas. En 1980 recuperó la libertad, al igual que su padre y el señor Cisterna.

Tomini fue parte del grupo que, luego de prestar declaración frente al juez Miret y el fiscal Otilio Romano, fue llevado a la cárcel mendocina ubicada en la calle Boulogne Sur Mer. También viajó en el Hércules hacia la Cárcel de La Plata. Allí obtuvo la libertad con “opción” otorgada por los militares. Su padre logró hablar con Miret, ya que había obtenido el beneficio sin haber cumplido el plazo de su condena. El ahora juzgado exmagistrado le respondió: “Mire, señor Tomini. Si los militares no tienen nada contra su hijo, yo tampoco”. Así pudo salir del país con destino a Italia.

 

El precio del derecho

Tomini recordó en su declaración al abogado Alberto Marcelo Oro, quien fue su defensor y lo visitó varias veces. El letrado, oriundo de San Juan, tenía su estudio jurídico en Córdoba. Tras un atentado con bomba en su oficina se trasladó a Buenos Aires. El 30 de octubre del 76 fue secuestrado y forma parte de la lista de los desaparecidos que dejó la última dictadura militar sufrida por nuestro país.

 

Nota escrita para Edición UNCUYO, la publicación digital de la Universidad Nacional de Cuyo www.unidiversidad.com

El inicio del Juicio

Por Guadalupe M. Pregal

Tribunales Provinciales de Mendoza
Tribunales Provinciales de Mendoza. Foto: Guadalupe M. Pregal

El inicio del 4° Juicio por delitos de lesa humanidad cometidos en Mendoza durante los años del terrorismo de Estado contó con la cobertura vía Twitter, a través de la cuenta de http://www.edicionuncuyo.com (@EdicionUNCuyo).

Durante gran parte del proceso vivido desde el 17 de febrero de 2014, junto a las notas de Sebastián Moro, realicé la tarea de transmitir en vivo vía Twitter los acontecimientos de las audiencias. A continuación les comparto los Storify de las audiencias llevadas adelante durante el mes de febrero y marzo de 2014.

La Primer Jornada del Megajuicio por delitos de lesa humanidad se llevó a cabo en el Salón de Actos del Palacio Judicial de la Provincia de Mendoza. El operativo de seguridad estuvo a cargo de la Policía de Mendoza.

La Segunda Jornada tuvo lugar el 24 de febrero, una mañana fresca y lluviosa. El martes 25 se llevó a cabo la Tercer Jornada de los juicios.

Las audiencias continuaron el 10 y 11 de marzo, debido a feriados de carnaval y otros inconvenientes que dilataron los avances.

El martes 18 y el martes 25 contaron con doble jornada para realizar Sexta y Séptima Audiencia, terminando marzo con la lectura de las acusaciones en la Octava Jornada del lunes 31 de marzo de 2014. En ésta última jornada el representante del Ministerio Público, Fiscal Dante Vega, solicitó el cambio de carátula y la detención de los exmagistrados imputados y de un integrante de la Policía Penitenciaria quienes gozan de libertad. La querella, representada en parte por el Dr. Salinas, apoyó la moción. El tribunal no dio a lugar al pedido.

Además, el defensor del exmagistrado Otilio Romano solicitó que el Tribunal se expida sobre el pedido de autodefensa del imputado.